La vida interior y la acción

Compartido por @SofiDurlach para la sección #Filosofía

Texto de Gustave Thibon:

La vida interior y la acción
El otro día decía yo a un pequeño grupo de hombres de acción que el clima de la sociedad actual hace cada vez más difícil el acceso a la vida interior, designando con esta palabra, en mi pensamiento, la capacidad de recogimiento, de soledad, de silencio… y, para los creyentes, de oración.

¿La vida interior?—me dijo un oyente—: noción muy anticuada para esta segunda mitad del siglo XX, en la que el hombre rompe los átomos y visita los astros. Yo no creo más que en el dinamismo y en la eficacia, y sólo me siento vivo en la acción o, en las horas libres, en las distracciones que puedo ofrecerme con el fruto de mi trabajo: deporte, espectáculos, viajes, etcétera.

Precisemos esta noción de vida interior—respondí—. Lo que distingue a un ser vivo de una máquina es que todas las manifestaciones de su existencia comportan dos vertientes completamente irreductibles entre sí: la vertiente externa, que concierne a nuestras reacciones observables desde fuera (los gestos del cuerpo, las expresiones de la cara, las palabras, etc.) y la vertiente interna (sensaciones, emociones, sentimientos, pasiones), que permanece rigurosamente subjetiva, es decir, no verificable e incomunicable. Tomemos el ejemplo del dolor. La vertiente externa es todo aquello que un médico, a vuestro lado, puede constatar: los gritos, las convulsiones, la inflamación de los tejidos, etc. La vertiente interna es el dolor mismo, que está dentro de usted y que es sólo suyo, sin que nadie en el mundo lo pueda experimentar en su lugar.

El dinamismo del que usted hace tanto caso no escapa a este dualismo. No es usted feliz nada más que en la acción. Pero esta felicidad ¿está en las cosas sobre las que usted actúa—por ejemplo, si es usted arquitecto, en las piedras de las casas que construye—o en usted mismo, en la impresión de plenitud que acompaña el ejercicio de sus facultades creadoras? Si sólo se trata de dinamismo y de eficacia (términos más de moda que el de vida interior), una máquina realiza muy bien estas dos condiciones: ¿su ideal es parecerse a ella funcionando a pleno rendimiento y sin sentir nada?

Os gusta viajar. Pero ¿qué es lo que da valor al viaje: el paso de un lugar a otro (en este sentido, el tren o el avión que os llevan se desplazan tan rápidamente como vosotros), o bien la maravilla del descubrimiento, el acontecimiento interior por excelencia?

De este modo, hagáis lo que hagáis, siempre es en función de esta vida interior, cuyo valor negáis con tanta ligereza, como se realiza vuestra elección. La única diferencia entre nosotros se refiere a la forma o, más bien, al grado de esta vida interior. Preferís una vida interior alimentada sin cesar por vuestros intercambios con el mundo exterior, mientras que yo pongo el acento sobre una interioridad más profunda: la del recogimiento y la meditación que permite al hombre, incluso si éste está privado de aportaciones extrañas, encontrar en sí mismo la principal fuente de su felicidad.

Cuestión de temperamento—replicó mi interlocutor—. Si el mío me lleva a preferir las alegrías de la acción y el suyo a elegir las de la meditación, ¿en nombre de qué criterio estima usted que me falta algo?

Respuesta: en nombre de la armonía del ser humano, cuyos dos elementos complementarios son la meditación y la acción. No ignoro los peligros de una vida demasiado interior (la pereza, el sueño estéril, el enfermizo replegarse en sí mismo, el intelectualismo desencarnado, etc.) y, en tales casos, no dudo en preconizar la acción como remedio. Esto es tan cierto que, incluso en los monasterios contemplativos, la meditación y la oración van acompañadas de actividades exteriores como la agricultura, la artesanía, la enseñanza, etc. Y la historia nos enseña que algunos sabios y místicos (un Marco Aurelio o un San Bernardo, por ejemplo) han sido, por añadidura, grandes hombres de acción. Pero no eran sólo eso: guardaban en su interior una secreta profundidad a la que no llegaban los remolinos de la acción.

Y son precisamente esta riqueza y libertad interiores lo que trato de defender contra la idolatría de la acción. Y esto por dos motivos:

En primer lugar, para asegurar la independencia del espíritu frente a las vicisitudes del azar. Quien tiene todas sus razones de vivir en su actividad profesional o en las distracciones que le vienen de fuera, corre el riesgo de caer, si el circuito se interrumpe (a consecuencia de un revés de la fortuna, o por enfermedad o por vejez), en un estado de inanición espiritual que hará de su existencia algo insípido e intolerable. ¿Quién no conoce el triste final de la vida de ciertos hombres de acción? En segundo lugar, para que la acción exterior aporte verdaderos frutos interiores. Es un hecho no menos reconocido que el hombre devorado (¡qué elocuente palabra!) por la fiebre de la acción no tiene las suficientes reservas interiores para gozar plenamente de los resultados de sus esfuerzos. El exceso del tener se compensa con la anemia del ser. Me ha chocado a menudo la ineptitud para la felicidad de tantos campeones del dinamismo y de la eficacia. Está colmado y, sin embargo, no es feliz, dicen sus allegados.

Estoy persuadido de que se ha quedado sin esa virtud de la expectativa de la admiración y de la acogida, que fecunda y transfigura las realizaciones exteriores. Y colmado, en este caso, extrañamente, es sinónimo de obstruido.

Dicho esto, creo en la virtud y en los beneficios de la acción. Pero a condición de que no llegue hasta este agotamiento interior en que el hombre, desposeído de lo que es, se convierte en esclavo de lo que hace.

Fuente: “El equilibrio y la armonía” – Belacqva – 2005