Carta sobre el Alma

Compatido por @SofiDurlach para la sección #Filosofía.

(Extractos del texto original: Guardini, Romano, Cartas sobre autoformación, Ed. Librería Emanuel, Bs. As., 1983. )

Todas estas cartas tienen su historia. De ahí que se desarrollen tan despacio. Hay que esperar que crezcan. Cuando se quiere forzar lo viviente, se atrofia. Exige tiempo. Y servir a la vida significa, ante todo, saber esperar.

Ciertamente hay que saber también cuándo es hora, y poner manos a la obra, pues hoy está el fruto maduro y se puede cosechar; mañana quizá sea ya demasiado tardé…

Una historia semejante tiene también esta carta. No es casual que justamente esta carta se refiera al tema de la espera y del dejar crecer, porque de estos temas tratará precisamente.

En esta carta era particularmente necesaria la espera, porque ha de hablar de cosas silenciosas y profundas: del alma. Tomo la palabra en ese peculiar sentido que tiene en alemán: lo más profundo, rico e interior.

En una de las cartas anteriores hablábamos de la auténtica virilidad; de que es necesario ser imperturbable y caminar erguido por el mundo. De que hay que ser noble en el juego, valiente en la lucha y realizar nuestra obra con claridad y mano firme.

Hoy todo esto adquiere una tonalidad diferente. Es lo que corresponde, pues se trata del alma. Cualquier otro enfoque resultaría ruidoso y superficial.

Es cierto que no se puede decir mucho de ella, pero esta carta ha de tratar de algunas virtudes, en las que su fuerza se revela de un modo particular y en las que ella misma crece y se fortifica: del silencio, la soledad, el descanso y la espera.

Callar es más que el mero no hablar. Es una plenitud en sí mismo. Quien habla, da. Da de lo que ha conocido, vivido. El vigor de su corazón se vuelca en la palabra. Sabemos cuánto puede fatigar una conversación; cómo después de ella puede uno sentirse totalmente vacío. Quien calla, recupera. La energía vital que fluye dentro se reconcentra de nuevo. La inteligencia se hace más clara y las imágenes internas se vigorizan. Quien habla, se torna ruidoso. Se esfuerza. Forma conceptos, se dirige a los demás, pretende convencerlos, ganarlos, superarlos. Lo interior se distiende en la realización de la palabra.

En cambio quien calla, se torna tranquilo, libre y desligado de toda intención… Al hablar no se oye ni se mira, sino que se está prisionero de la propia lucha y formación de los conceptos. Por el contrario, los ojos del que calla están abiertos, su oído escucha y su corazón se ensancha. Es capaz de mirar, sentir y percibir.

Todo esto lo hemos experimentado ya nosotros. Quizá un día caminábamos varios hablando por la campiña. Espontáneamente mirábamos al suelo, a fin de asir de este modo fuertemente las ideas, y en torno nuestro se escuchaba el canto de la naturaleza, y el soplar del viento, y delante de nosotros se extendían los campos. Los árboles se elevaban hacia las alturas, y sobre ellos se extendía el cielo. Pero nosotros no veíamos ni oíamos nada de esto. En cambio si caminábamos solos, nuestros ojos y nuestro corazón estaban abiertos. Entonces veíamos los colores y las formas, y sentíamos el espacio con su plenitud…

Sólo el silencio abre nuestros oídos a la música que resuena en todas las cosas -animales, árboles, montes y nubes La naturaleza se torna muda para quien está continuamente hablando. Y también en la palabra del otro sólo el que calla percibe lo esencial; aquello que resuena detrás de los burdos conceptos; la verdadera intención de la palabra; el tono que la envuelve y hace que una palabra muchas veces signifique algo muy diferente de lo que expresa… Y sólo quien sabe callar percibe a Dios. La voz delicada que nos dice cuál es el sentido de esta desgracia, de aquella hora feliz, de un encuentro, de un destino. La silenciosa voz que en todo eso avisa y amonesta -quien habla continuamente no la percibe.

Callar ¡lo quiere decir ser mudo; de ningún modo. El verdadero silencio es el correlativo vivo del recto hablar. Están relacionados como la inspiración y la expiración. ¿Acaso se puede dar una sin la otra?

El hablar crea comunidad; por la palabra recibimos y compartimos. Sin lenguaje, el mundo interior nos oprimiría. La verdadera palabra libera. Pero debe ser verdadera y estar en vital relación con el silencio. El silencio es la fuente del hablar. En el hablar se advierte si éste procede del silencio o no. Lo que procede del silencio es pleno y rotundo como el canto matinal de un corazón regocijado. Es vigoroso y fresco como las flores que crecen en las alturas. Fíjate cuán claras son sus formas; cuán firmes son sus tallos y sus hojas;, y el color de sus flores cuán profundo e intenso al mismo tiempo. Así son las verdaderas palabras.

Hablar sin callar es pura charlatanería. Sólo en el silencio fluye la vida, se concentra la fuerza, se esclarece el interior y adquieren su más pura forma pensamientos y emociones. El sentido interno de la palabra adquiere su verdadera forma desde el silencio. La palabra es la interna corporización del espíritu: el nacer de lo intuido adquiriendo su forma verdadera.

(…)

Soledad significa pues, estar exteriormente solo, pero ante todo estar interiormente consigo mismo. Hombres verdaderamente solitarios pueden estar en medio de los demás, en el ruido de las calles y el ajetreo del trabajo, y no obstante consigo mismo. La soledad nos rodea como un seto silencioso que sólo deja entrar lo que conviene. El que uno sea transparente a sí mismo; advierta la responsabilidad de su acción; llegue a ser dueño de sí; en fin, todo lo que significa personalidad despierta en la soledad.

Todo esto no significa que haya que huir de los otros o que no se deba disfrutar de su compañía. Soledad no es ser huraño o vivir aislado, como tampoco callar significa estar mudo. Necesitamos de los demás; pero no debemos correr siempre tras la multitud. Bien miradas las cosas soledad y comunidad se implican tan profundamente como callar y hablar, inspirar y expirar. Verdaderamente sociable sólo puede ser quien sabe vivir también en soledad. Porque comunidad significa que se puede dar a los demás, y recibir de ellos; que una corriente vital fluye entre uno y otro; que realmente se verifica un in y venir. De otro modo no hay comunidad, sino comercio o un simple montón de gente.

(…)

Reconquistemos poco a poco la fuerza del descanso, del silencio, de la calma y del presente. Y sigamos penetrando en los imperios esenciales de la vida, en los mundos del alma.

Desde aquí influiremos en el mundo, mejor y más decisivamente que con mil agitadas reformas. Aprendamos en el silencio la palabra verdaderamente expresiva; en la soledad la auténtica comunidad y en el esperar tranquilo la acción oportuna y decidida.